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La agricultura actual requiere de una mirada sistémica e integrada que les permita a los productores tomar decisiones inteligentes en un contexto de alta variabilidad climática interanual. A su vez, el Instituto Internacional de Investigación de Clima y Sociedad (IRI) de la Universidad de Columbia, Estados Unidos, confirmó la marcada incidencia –entre moderada y fuerte– del fenómeno La Niña para el próximo trimestre, probablemente debilitándose durante el otoño.

En ese contexto de déficit hídrico, desde el INTA proponen adaptar la demanda agrícola a la variabilidad de la oferta de agua. “Esto requiere, como primer paso, conocer la variabilidad climática histórica de la zona y también el pronóstico a mediano plazo”, indicó Jorge Mercau, investigador del INTA San Luis y coordinador del Proyecto Disciplinar Interacción de Agroecosistemas y Napas freáticas.

A su vez, señaló que “hay que tener en cuenta el agua que hay en dos metros de suelo para decisiones agrícolas, y la cercanía y calidad de la napa freática mediante freatímetros”.

Para Mercau “los modelos funcionales de cultivos son una alternativa que permiten integrar el monitoreo del stock de agua, la historia y las perspectivas climáticas, sintetizándolas en diferencias en rendimiento”. Esa información se usa para apoyar la decisión de incorporar o no un cultivo de servicio o cosecha en invierno, o sembrar más tarde o más temprano los de verano. “Esas decisiones se pueden tomar con eficiencia en una planificación flexible”, afirmó Mercau.

De acuerdo con el especialista del INTA, que expondrá en la XVIII Reunión Argentina y IX Latinoamericana de Agrometeorología, la agricultura debe profundizar el manejo no solo del estrés por sequía, sino también tener en cuenta que el hecho de perder agua en profundidad puede ser la causa de algunos procesos degradativos del suelo.

“Si en una campaña ingresa mucha agua al suelo y los cultivos que implantamos no logran usarla, se pierde agua en profundidad, aunque, si la napa está cerca, puede volver a usarse en una próxima campaña”, dijo el especialista. Y agregó que “esas pérdidas, sin embargo, junto con la escorrentía superficial, favorecen procesos de erosión hídrica, de inundación, de aparición de nuevos ríos y del proceso de salinización”.

Una vez que se conoce la historia climática y se ensambla un protocolo de monitoreo de la recarga del perfil y la profundidad de la napa, “hay que planificar una estrategia agrícola que incorpore flexibilidad en ventanas críticas de decisión, como el fin del verano y del invierno”, aseguró Mercau en referencia al manejo adaptativo.

En esta línea, recomendó analizar cómo la variabilidad climática se transforma en variabilidad de rendimientos. “No alcanza con saber si va a llover más o menos, sino que siempre intentamos estimar si un cultivo va a rendir más o menos de acuerdo a la decisión que se tome”, ponderó Mercau.

Y agregó: “Cuando tenes napa o un perfil lleno en un buen ambiente edáfico, el rendimiento de maíz temprano puede ser un poco mejor que el de tardío. En cambio, cuando hay una mala recarga de perfil y napa lejos, es claro que el rendimiento de un maíz tardío supera ampliamente al maíz temprano en muchas zonas del país”. El especialista consideró s este ejemplo como el más claro del uso de la variabilidad de la oferta de agua para apoyar decisiones con modelos que permiten transformarla en variabilidad de rendimientos.

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