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Hace 58 años, el 28 de junio de 1966, se consumaba el golpe de Estado que derrocaba al presidente Arturo Illia. La jornada anterior, los conspiradores habían planeado ejecutar el golpe. Con el control de los principales mandos militares y las tropas asegurado, informaron a la Casa Rosada que no había efectivos disponibles para sostener al gobierno. Sin embargo, no contaban con un imprevisto: la resistencia del teniente Aliberto Rodrigáñez Ricchieri y sus 30 granaderos.

Rodrigáñez Ricchieri, descendiente de un granadero que cruzó los Andes y del ministro de Guerra de Julio A. Roca, estaba determinado a cumplir con su deber de defender al presidente. Con solo 30 fusiles y dos ametralladoras, emplazadas en la entrada, cerró puertas y ventanas y se preparó para la defensa. La incredulidad del general Julio Alsogaray ante la resistencia del teniente se evidenció cuando el jefe del regimiento de Granaderos también se negó a convencer a Rodrigáñez Ricchieri de rendirse, reconociendo la legitimidad de su deber. Horas después, el propio Illia relevó al joven oficial de esa responsabilidad, permitiendo que el golpe se efectivizara el martes 28 de junio.

El último acto público del presidente fue la inauguración de una escuela en Belle Ville, Córdoba. Illia, nacido en Pergamino y radicado en Cruz del Eje, donde ejerció la medicina y la militancia radical, había llegado a la presidencia con el 25,8% de los votos. Su administración se caracterizó por decisiones trascendentales como la anulación de los contratos petroleros firmados por Arturo Frondizi y la indemnización a las empresas afectadas gracias a negociadores norteamericanos. Impulsó la ley de Medicamentos para regular la producción y fijar precios y la ley de Asociaciones Profesionales para democratizar los sindicatos. Además, aumentó el presupuesto de Educación y logró la sanción de la Resolución 2065 de Naciones Unidas, instando a Argentina y al Reino Unido a negociar la soberanía de las Islas Malvinas.

La economía también floreció bajo su mandato, con un crecimiento del 2,4% en 1963, del 10% en 1964 y del 9% en 1965, aumentando los salarios y reduciendo el endeudamiento externo. Sin embargo, Illia pasó por alto la proscripción del peronismo y el descontento militar, que en combinación con una campaña de desprestigio orquestada por sectores del establishment y medios de comunicación, minaron su gobierno.

A pesar de los embates de la prensa y las conspiraciones, Illia se mantuvo firme en sus convicciones. Su resistencia ante la manipulación mediática, basada en sus experiencias en la Europa nazi y fascista, marcó su gobierno. La presión de militares, algunos sectores peronistas y sindicalistas culminó en el golpe. A las 7:30 de un frío 28 de junio de 1966, Illia dejó la Casa Rosada rodeado de sus colaboradores, rechazando un auto oficial y tomando un taxi hacia la casa de su hermano en Martínez.

Décadas después, los golpistas ofrecerían tardíos mea culpas, recordando las últimas palabras del presidente depuesto: «El país les recriminará siempre esta usurpación y hasta dudo que sus propias conciencias puedan explicar lo hecho». Hoy, 58 años después, recordamos la resistencia y el legado de Arturo Illia, un presidente fiel a sus convicciones y comprometido con el bienestar de su nación.

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